O.N.G. Mediterránea: CIF G07982028   

Reg.Nº: Gov.Balear: 3818   

Reg.Nº: Calvia: 125    darnos

O.N.G. Mediterránea: CIF G07982028
Reg.Nº: Gov.Balear: 3818 Reg.Nº: Calvia: 125
Plaza Alcasser 3, local 5, Portals Nous, Calvia 07181
Mallorca, SPAIN.
Tel:+34-971676334  Fax:+34-971677762
Email:song@groc.infox

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Mediterranea en cuatro pinceladas.

Mediterránea nace con la voluntad expresa de ser una ONG eficaz, sin  gastos propios, llevada al 100% por voluntarios. Una ONG que invierte  sus fondos en los países del Tercer Mundo en los que trabaja, para fomentar la economía local y contribuir a un desarrollo global desde la base.

Creemos…

que cada euro que entra debe dedicarse al fin que los donantes quieren que tenga: los necesitados, los beneficiarios de los  proyectos. No debe gastarse en la organización. Y si podemos pedir  algo en vez de comprarlo, ¡haremos lo que sea para conseguirlo!

Creemos…

en una gestión eficaz y rápida, porque las demoras siempre resultan  en perjuicios para los más necesitados.

Creemos…

que el colectivo no gubernamental del Primer Mundo tiene una  obligación con los que menos tienen. La experiencia nos ha enseñado  que los gobiernos y las organizaciones supranacionales no bastan.  
Somos los individuos, así como las empresas con visión de futuro, los  que realmente podremos colaborar en deshacer las injusticias.

Creemos…

Que redistribuir la riqueza, proporcionar medios para el avance  académico y profesional y crear oportunidades serán los instrumentos  para permitir crear desarrollo y reducir la distancia entre el mundo  rico y el mundo pobre.

Creemos…

Que nuestros hijos recogerán el testigo de nuestro trabajo, y por eso  para Mediterránea es especialmente importante motivar a los más  jóvenes y desarrollar actividades que les permitan participar y  aprender.

Si quieres colaborar con nosotros o ayudar en algún proyecto lo primero que tendrías que hacer es apuntarte como socio-a.

 

Programas actuales (Sept08)

Etiopia: 2 escuela con comedores ( mas de 900 comidas diarias a niños), clases  de alfabetización para mujeres, ayuda a una clínica que atiende a mas de 50000 personas, envío de personal sanitario a Etiopia.

Ghana: Construcción de una residencia para madres en el hospital de Ada, puesta en marcha y equipamiento completo para un departamento de fisioterapia para el hospital de Ada. Colaboración con el orfanato Drifting Angels en Ho.

Cuba: Preparamos un contenedor de suministros para La Habana. Salida probablemente a principios de noviembre. Nos gustaría mandar una ambulancia también.

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Mediterránea (O.N.G.) es una organización fundada en Mallorca que gracias a el sentimiento solidario de muchas personas, puede realizar los diversos proyectos que esta realizando y lleva realizando desde hace casi 10 años en distintas partes del mundo.
 

 



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Desde 1990 hemos realizado operaciones de solidarias por todo el mundo y desde 1999 lo hemos hecho bajo la bandera de Mediterránea ONG. Hemos realizado actividad solidaria en:
 
Bosnia
Rwanda
Cuba
Malí
Congo
Perú
El Salvador
Sahara
China
Argentina
Mallorca
Etiopia
Ghana
Sierra Leone

Informe redactado por una voluntaria despues de una mision a Etiopia Junio 2008:

Llevo días intentando dar forma a mis experiencias con Mediterránea.  No es que me cueste escribir, no. Tampoco es que no haya una escasez  de sentimientos, tampoco. Es que no sé muy bien cómo ordenar tantas  experiencias, cómo reflejarlas sin que parezcan banales, pero tampoco  ultrasentimentales ni babosas.

Cuando surgió la posibilidad de viajar a Addis con esta pequeña ONG, me asusté. Mucho. Yo soy el típico producto de la sociedad occidental, y enfrentarme a cara descubierta con la forma en que vive   la mayoría de la población mundial… pues como que no me hacía mucha   gracia, la verdad. Me siento bien reciclando, apagando luces, comprando en tiendas de comercio justo, contribuyendo con alguna ONG,  indignándome ante las injusticias… Pero, ¿vivirlo cara a cara? Estaba  acongojada. Bueno, me voy a dejar de eufemismos: estaba acojonada, y   eso que no soy precisamente una lánguida florecilla…

Cuando le expresé mi temor a Victoria, la responsable de los proyectos etíopes de Mediterránea, la ONG en cuestión, fui sincera.   “No sabes lo babosa que estoy. Me voy a pasar el viaje llorando”. “No   te preocupes”, me dijo. “En estas escuelas no se llora. Se ríe, y   mucho. Porque los niños son felices, porque allí se hacen muchas   cosas bonitas”. “Sí, sí, vale”, pensé yo, “bla, bla, bla”. Pensé que   su respuesta era una forma de calmarme Y de paso, metí tres paquetes   (más) de pañuelos en la maleta… Pero (una vez más), estaba equivocada. Porque sí, me pasé dos días  llorando, pero a partir del tercero, me reí. Mucho. A veces con un   humor más negro que el petróleo – o que su precio. Pero, sobre todo, me reí con energía en estado puro. Porque jamás en mi vida he estado  expuesta a historias tan duras, tan desgarradoras, tan descarnadas  como las que oí de mujeres de cabeza agachada y de hombres rotos por su destino, ni relatos tan horrendos como los que leí en ojos de   niños abusados o de padres enfermos. Pero a la vez, jamás como hasta   entonces cambié mi papel de espectador pasivo, de voyeur de la desgracia ajena, por el de partícipe activo en el alivio de esos  dramas. Algo que supone un mundo – perdón, un universo – de diferencia.
El primer día, no pude dejar de llorar. Quería contenerme, pero no  podía. Habían pasado horas desde mi última vivencia, y aún así, las  lágrimas seguían escapándose de mis ojos (rojos) sin que pudiera  evitarlo. De hecho, estaba en una terraza con mis compañeras de viaje, compartiendo mesa con una pareja etíope, cuando sentí la mirada de la parte femenina de ese dúo clavada en mí. Habló con su  acompañante en amariña, la lengua del país. El chico se dio la vuelta y me preguntó, directamente, “mi amiga dice que estás llorando, ¿es  verdad?”. Podría decir que se me ocurrieron tres o cuatro respuestas  sarcásticas, pero no es verdad. Sólo pude asentir. “¿Por qué?”. ¿Qué   le iba a decir? Preferí no entrar en detalles.

Llorar da vergüenza.

 El segundo día, lloré bastante menos. Sobre todo, porque me daba  vergüenza. Muchísima vergüenza, y no menos pudor. No sé, es algo  indecente llorar ante gente que está viviendo auténticas tragedias.  Nuestras lágrimas de conmiseración son inevitables, pero fáciles. Es  difícil contenerse, sobre todo para alguien inexperto, pero tengo claro que los protagonistas de estas historias no se merecen lágrimas, sino solidaridad. Real y efectiva.

El tercer día, me sentí fuerte. Y el cuarto, me sentí lista para   ayudar de verdad. Porque entendí que no sólo era una espectadora, sino también, parte de la solución. Porque ese dinero que habíamos  estado enviando (ese acto tan real, pero a la vez tan frío) había  hecho cosas. De verdad. Había niños cuyo aspecto, en los diez meses  del curso, había dado un vuelco espectacular. Madres que no habían  tenido que dar a sus hijos. Padres que habían encontrado trabajo. Hombres enfermos que ahora sabían que, en caso de pasarles algo, sus hijos iban a tener un refugio. Abuelas que recibían esa ayuda vital.  Todo tuvo mucho más sentido.

El caso que quizás mejor resuma la sensación de “hacer algo” lo viví  con el caso de una mujer que tengo grabada en el alma. A la consulta  llegó una mujer que, nerviosa, escondía un papel en un cuaderno escolar. Nos llevó tiempo saber qué pasaba: se atropellaba, lloraba, se ponía nerviosa… Era el resultado del test de VIH de su marido:   positivo. Se acababa de enterar. Le animamos a hacerse ella también   el test. “No, no, no”. Estaba aterrorizada. “No”. Lloraba, repetía   “no”, volvía a llorar. “Tengo miedo, tengo miedo”. Le convencimos de   que lo hiciera. “Si está infectada, podrá tratarse”, le aseguramos.   “No saberlo no sirve de nada”, repetíamos. “Eres madre, tienes que   estar bien”, decíamos una y otra vez. Dos días más tarde, volvió. El resultado era positivo: ella también  estaba enferma. No podía ni hablar: sólo nos alargó, llorando, temblando, la fatídica hoja. ¿Qué le dices a alguien en ese momento?  Nada. La abrazas, la abrazas fuerte, la abrazas con todas tus fuerzas, la abrazas porque no sabes qué más puedes hacer. La abrazas  porque la vida es injusta, porque estás allí y porque, en ese momento, no puedes hacer mucho más. Y lo curioso es que ese abrazo es  de oro. Porque posiblemente a esa mujer nunca nadie la haya abrazado.  Porque seguro que no le va a contar nunca a nadie más que está enferma: el estigma es demasiado grande. Si alguien lo supiera, perdería su trabajo y con él, la comida para sus hijos. Porque nunca  más lo podrá repetir a nadie, ni siquiera a sus padres, ni siquiera a   sus niños. Porque en ese momento es importante que la toquen, que la  abracen, que la besen. Lo mejor es que nuestra ayuda, afortunadamente, no se tiene que quedar sólo en eso, aunque sea mucho. Le podemos prometer que sus hijos irán al colegio. Que nadie les va a echar de las clases porque  su madre sea seropositiva. Que alguien volverá regularmente para saber que está bien, para asegurarse que, con la medicación, podrá  vivir mucho, mucho tiempo. Que verá crecer a sus hijos. Que si la  echan del trabajo, podremos ayudarle.
“La miseria es como la guerra” Este ha sido sólo un caso.
Hay muchos, muchos. Casos de gente que no  ha hecho nada para nacer donde ha nacido. Decía Ortega “yo soy yo y   mis circunstancias”. Y tanto. Porque hay circunstancias – y hay circunstancias.

Una vez, escuché a una doctora etíope. Decía: “la gente teme la guerra, porque invade. Pero la miseria es como la guerra, también te  invade y destroza lo que hay a su paso”. Y es cierto: la pobreza  duele, embrutece, enloquece. Pero frente a historias de padres que  abandonan a sus hijos; madres que salen corriendo al saber que están   enfermos, dejando solos a sus bebés o abuelos que rechazan a sus   hijos y nietos por ser alguno seropositivo, existen historias que  sólo hablan de solidaridad y de amor. Como el de la anciana, seca y  torcida como un sarmiento, que con su pensión de 8 € ha acogido a la  hija de su vecina fallecida de SIDA y la cría como hija suya, siendo  su único miedo que le pase a algo y la pequeña quede abandonada… El   chico de 17 años que se hace cargo de sus hermanas de 11 y 5 años y   trabaja limpiando zapatos para quedarse los tres juntos después de  que su padre les dejara… El hombre enfermo de SIDA terminal que saca  fuerzas de lo más profundo para no dejar su trabajo y sacar adelante  a sus dos hijos… La mujer de buen corazón que soporta el maltrato de  su marido porque se niega a dejar en la calle al hijo que acogió   después de que su madre muriera, aunque tiene otros tres hijos y no  le sobra un solo birr… Hay personas buenas y malas en todas partes,  en el Primer y en el Tercer Mundo, pero reconozco que ser solidario y  generoso cuando la vida es tan dura tiene mucho, mucho mérito.

Una vez una conocida me dijo que en “esos países”, como las mujeres  tenían más hijos, no los querían tanto, que sentían de otra forma a “nosotros”. Me gustaría coger del cuello a quien dijo eso y enfrentarle, cara a cara, con esas personas. Están resignados, sí,  quizás porque la poca fuerza que tienen la necesitan para sobrevivir  y salir adelante, pero no sienten menos, ni diferente. Me dice una amiga que no basta con decir, como una Miss en un concurso, “lo que pido es la paz en el mundo y que no haya hambre”.  Bonito pensamiento, sí, pero ya sabemos que tiene demasiado contenido  como para hincarle el diente así sin más. Supongo que si al menos se  contribuye a que se hagan unas cuantas cosas buenas, uno sabrá que no  se ha quedado de brazos cruzados. ¡Aunque no sirvan para conseguir la  paz en el mundo! No me siento culpable por cómo está el mundo. Yo no lo he diseñado.  Pero yo pertenezco a la parte que saca tajada de la situación. He  nacido en la parte “buena”, aquella a la que le viene bien la miseria  ajena aunque no la haya provocado. Por eso no me siento responsable,  pero sí solidaria. Porque yo no elegí donde nací. Ellos, tampoco. Y   porque he tenido la fortuna, la ¡inmensa! fortuna de poder ver en  directo que la ayuda que hacemos llegar es, realmente, ayuda. Que cambia el destino de la gente. No de toda, no, pero sí de alguna. Y  si ese es ya un concepto importante cuando se habla de él en frío, aún lo es más cuando cruzas mirada con mirada, piel con piel, mano  con mano. Entonces, no tienes salida: estás obligado a no olvidar a  los del otro lado del muro de nuestro acomodo.