O.N.G. Mediterránea: CIF G07982028

 Artículos:

1) UNAS GAFAS

Abraham nuestro taxista, traductor, guía y finalmente amigo, nos estuvo esperando puntualmente a las tres y media de la tarde delante de la bungalow en el hotel donde nos hospedábamos en Addis Ababa. Hacia algo de calor y el cielo estaba nublado prometiendo lluvia que seria muy bienvenida por los agricultores de la zona.
Cargamos seis bolsas de medicinas y dos grandes de gafas que nos fueron donadas por la fundación Bona Llum de Mallorca. Cuando Abraham nos pregunto donde queríamos ir esa tarde le explicamos que queríamos ir al centro de las hermanas de la Caridad, la orden de la madre Teresa de Calcuta en Addis. Lo conocía y en veinte minutos de conducir hábilmente por calles repletas de actividad, color, pobreza, sonrisas, personas, enfermos, y algún que otro burrito, llegamos a las puertas azules del centro.

Todos nos fuimos bajando del coche, mis 4 hijos, mi esposa y yo, mientras que Abraham se fue a tocar a la puerta del centro.
Un viejo con barba canosa que igual tenia cuarenta y tres años abrió la puerta y nos dejo entrar. Al poco rato conocimos a la hermana que llevaba el centro. Era una mujer india, pequeña, desconfiada, sonriente y muy inteligente. Parece ser que otras personas del primer mundo habían utilizado la imagen de la madre Teresa para embaucar y por lo tanto estaban correctamente muy cautelosas con los desconocidos. Finalmente acabamos visitándolas 3 veces. Su labor, su esfuerzo, su forma de solventar los problemas y su dedicación nos impresiono.

Al final de la primera visita volvimos al coche y cuando Abraham vio tantas gafas en las dos bolsas y que algunas eran para el sol, nos pidió si se podía quedar un par. Se las dimos y entramos en el centro de nuevo para entregar las gafas y la medicación a las hermanas. Al salir para volver al hotel, Abraham se acerco tímidamente y me dijo: "Mr.Michael, espero que no se enfade conmigo pero las gafas que me dio eran graduadas, y este hombre- dijo indicando un vagabundo añoso, tremendamente delgado con harapos y con un palo en sus manos como su única posesión que estaba sentado en el suelo-, no puede ver, y con las gafas puede ver de nuevo. ¿No se ofenderá si se las doy?"
En ese momento el viaje a Etiopía había valido la pena.
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2) LA GENTE DE LA CALLE (2006)

El hotel donde nos hospedábamos estaba situado junto a la calle principal de Addis Ababa.
Cuando nuestro minibús paró frente al hotel, reparamos en un pequeño grupo de niños y adolescentes situados cerca de la puerta. Al vernos, todos ellos se levantaron y vinieron corriendo hacia nosotros, mostrando una amplia sonrisa, riendo y preguntándonos de dónde veníamos. Una vez parado e inspeccionado el minibús en el check point de seguridad del hotel, espejos para ver el fondo del vehículo incluido, entramos en el recinto.

En los días que estuvimos allí, llegamos a conocer bastante bien a uno de estos grupos de niños. La mayoría de ellos vivían en la calle, junto a las puertas del hotel. Eran huérfanos, niños abandonados o niños que se habían ido de sus casas ya que cada boca aumenta la demanda y pone  en riesgo la supervivencia del colectivo. Era evidente que los chicos se ayudaban los unos a los otros y repartían cuando había algo que repartir. Cuando un chico conseguía captar la atención de un forastero,
los demás respetaban esta incipiente relación y no interferían. Esta relación accidental facilitaba al muchacho, por unos días, un estatus de traductor o de persona útil, que proporcionaba al turista cualquier cosa que pudiera desear. Estos niños tenían una apariencia feliz. No se desanimaban si sus servicios eran rechazados. Exhibían una sonrisa permanente y alegre. Si hoy no se requería sus servicios, mañana sería otro día. El hecho de que todos los días viésemos el mismo grupo a la puerta del hotel indicaba claramente que, con toda seguridad, aquel era su territorio. Nunca llegamos a averiguar por qué regla se adherían al grupo nuevos miembros.
Unos metros más allá de su círculo de influencia, había otro grupo de gente de la calle. Eran significativamente mayores que los otros. Aparentaban tener entre diez y ocho y veintitrés años.
Por el aspecto de su ropa se podía apreciar que, al no estar suficientemente cerca de la puerta del hotel, no se beneficiaban del reparto de ropa que solían hacer los turistas al terminar su estancia en el país. Se mantenían en una posición discreta y no hacían gala de la rapidez de movimientos de los chiquillos de la puerta. Ellos se movían en círculo, luciendo sus pantalones deshilachados, casi siempre descalzos y mostrando un total desconocimiento de toda lengua que no fuese la suya. Su forma de pasear les diferenciaba claramente de los otros grupos. Sonreían constantemente y tendían a ser solitarios.
Otro grupo que observamos se movía mucho. Recorrían la calle constantemente de arriba abajo. A veces se sentaban en el suelo para descansar o se guarecían de la lluvia debajo de algún árbol. Este grupo estaba formado por mujeres con sus hijos pequeños. Generalmente se tapaban con andrajos , iban descalzas, eran muy delgadas y casi siempre estaban aquejadas de alguna enfermedad de la piel y tenían cicatrices en las manos. Los niños solían ser obedientes. Para ellos, la figura de la madre parecía ser muy importante. Su apariencia era muy frágil y raras veces se alejaban más de dos o tres metros de donde estaba la madre.
Junto a los semáforos, se veía otro tipo de personas, aquejadas de diversas deformidades. Mostraban al viandante su sufrimiento con la esperanza de que la compasión estimulase su caridad.
Cuando mi hija mayor, con una reacción muy típica del Primer Mundo, criticaba el uso de la enfermedad y la mutilación como instrumento para sus fines, yo intenté explicarle que lo único que estas personas tienen para vender u ofrecer es su propio sufrimiento y su horror. En este mundo todo se vende y todo se compra, pero, cuando solo puedes ofrecer es tu propio sufrimiento, pareces haber alcanzado el último tramo de la cadena comercial. Mi esposa y yo veíamos, por primera vez, la enfermedad que solo conocíamos a través de los libros.
Los dos últimos tipos de gente de la calle nos llamaron la atención por su edad, probablemente de cuarenta o, quizás, de cincuenta años, la mayoría hombres, cubiertos de andrajos y, muchos, valiéndose de estacas para poderse levantar y andar, y muchos demasiado débiles para moverse por sí mismos. Cuando llovía, si estaban sentados sobre un charco, ni siquiera se sentían capaces de levantarse y resguardarse bajo un árbol . Podrían encontrarse cientos de ellos, tumbados en el suelo, envueltos en andrajos, sin fuerza para cambiar de postura y viendo cómo la muerte se acercaba a ellos lentamente.
El último grupo, naturalmente, era el de los muertos.
Nos impresionaron también las jaurías de perros, desperdigados por toda la ciudad, particularmente en los barrios más pobres. Ostensiblemente, perros y personas ni se miraban. Mostraban lo que caía entre una indiferencia mutua y el ignorarse por completo. Una noche, cuando nos dirigíamos en un taxi a un restaurante, reparamos en un perro que estaba aullando bajo un farol y, mientras él aullaba, docenas de perros, como surgidos de las sombras, llegaron corriendo hacia él.

Durante nuestra estancia en Addis aprendimos que la situación de pobreza en la calle era tal que las sobras de nuestra mesa podía servir a mucha gente para el día siguiente? .Por ello adoptamos la costumbre de llevar siempre a los restaurantes bolsas de plástico en las que echábamos las sobras y desperdicios y los restos de las botellas de agua.
Un día, cuando volvíamos a pie del restaurante al hotel vi una madre llorando en la calle rodeada de sus tres hijos, muy pequeños. Estaba sentada bajo un árbol y los tres niños se acercaban llorando a los viandantes. Yo llamé a mi hija mayor y le pedí que fuese a buscar las dos bolsas de comida y bebida y se las entregase a la madre. Yo no quería que ella me viese. Pensaba que era menos humillante la situación entre dos mujeres. Yo continué andando y Halina fue a donde estaba la mujer y le entregó las dos bolsas. Ella sonrió e inclinó la cabeza. Halina también sonrió. La mujer abrió las dos bolsas e inspeccionó su contenido. Entonces, llamó a sus tres hijos y les hizo sentar frente a ella. Volvió a mirar el contenido de las bolsas. Los niños temblaban de excitación. Su madre cogió una botella de agua, la abrió e hizo a sus hijos lavarse las manos antes de comer. Quedé paralizado por su dignidad. Cómo, aún en su situación de extrema necesidad, no olvidaba sus deberes de educar y adecentar a sus hijos. En este momento, pasó de ser una mendiga a ser una institución. Yo me sentí muy pequeño, y me pregunté si podría haber obrado con la misma dignidad en semejante situación. Ella continuaba con sus actividades maternales como si el drama demoledor que vivía no existiese. Estaba educando a sus hijos de una manera que tenía que hacerles sentirse seguros, que la vida continúa y que la educación es una inversión en seguridad para el futuro. 
Esta multitud de gente que mendiga por las calles de Addis sobrevive gracias a la solidaridad de sus conciudadanos. Estos pobres no constituye una carga para el Primer Mundo.
Lo que yo encontré más desesperante con relación a la realidad cotidiana de esta gente es el hecho de que no tienen a quién pedir ayuda cuando viven un percance. En nuestro Primer Mundo europeo, siempre se encuentra una puerta a la que llamar cuando surge algún problema. Muchas veces, la gente no sabe dónde llamar, pero la puerta existe. Pero en Addis Ababa si eres una madre pobre y te caes y te rompes una cadera, tus hijos poco a poco mueren de inanición delante de ti ,y tú también morirás de lo mismo más pronto o más tarde. La fragilidad de la vida, cuando se carece de una red social adecuada es lamentablemente evidente. Y lo que más me impresiono fue la tremenda sensación que sentí de ser grotescamente rico. Me sobrecojo cuando pienso en la desproporción que existe entre mi participación en la riqueza mundial , la tremenda tasa de energía que consumo y la parte que corresponde a ese sector de la humanidad que hemos conocido. Yo tengo en mi casa grifos de los que mana el agua, mis
hijos nunca han sentido el hambre y nos permitimos el lujo de intentar acabar con el daño que nosotros mismos hemos provocado en el medio ambiente.
Por la noche, cuando me meto en la cama, me pregunto a menudo qué es lo que hemos hecho mal. Todos nosotros tenemos un repertorio completo de excusas para no hacer nada frente a la injusticia.

3) UNA ESCUELITA 2007
El otro día paseaba por la calle cuando un ejecutivo, saliendo de su coche, se paró a hacerle una gracia a mi hija, de año y medio. Fue curioso, porque me lo hubiera imaginado más yendo a realizar una OPA hostil que parándose a acariciar a un bebé. Entonces, me fijé en la sillita para bebé que había en su lujoso coche y, como si me leyera el pensamiento, me dijo: “Es curioso lo de tener niños. Yo antes nunca me fijaba en ellos, y ahora les miro a todos. Es como si tener un hijo te hiciera un poco padre de todos los demás”.

Me di cuenta que sentía exactamente lo mismo. Tener un niño te cambia porque nunca más ves a los niños de la misma forma. Sientes, en carne propia, la medida de su fragilidad, cómo dependen de nosotros, lo que supone cuidarlo y acompañarlo. Y te sientes más comprometido con todos ellos.

En mi caso, a esto se añade une vertiente extra. Mi hija procede de Etiopía, y eso me ha unido para siempre con su / mi país. Me siento conectada no sólo con ella, sino también con todos esos otros niños que están allí. Y creo que si lo mejor, lo más valioso, lo más importante que hay en mi vida procede de allí, tengo una deuda eterna hacia ese país.

Quizás por eso siento algo tan especial hacia la escuela de Abiguda. Es un sentimiento que va más allá de lo que quizás pueda haber hecho, porque es un proyecto de Mediterránea, que ha puesto el dinero, el trabajo y el esfuerzo. Pero a través de ellos, y de mis conversaciones vía mail con Victoria, la responsable del proyecto en Etiopía, he vivido el proceso desde el principio. La búsqueda del lugar adecuado; los dislates de los diversos presupuestos; la cooperación con las ONG locales… En resumen, el día a día de una obra en la que no han faltado contratiempos, tropezones, problemas, retrasos… Pero al final, este septiembre de 2007 la escuela se abrió.

Fue entonces cuando me di cuenta de que una escuela puede ser mucho más que una escuela. Es un lugar donde aprender, sí, pero además es una ventana hacia la posibilidad de una vida digna. Es un sitio donde comer dos veces al día: mucho más de lo que muchos tienen en casa. Es un lugar donde acude una enfermera, y se tiene acceso a una atención médica que de otra forma no pueden pagar. Es el espacio donde aprender reglas de higiene, de convivencia, de vida. Un sitio donde aprender el alfabeto, donde abrirles los ojos ante un mundo, el del conocimiento. Una meta a la que dirigirse cada día. El sitio donde por primera vez les dieron ropa nueva, ¡sus uniformes, sólo para ellos! Y, para sus padres, es el sitio donde poder cumplir el sueño de todo padre: que sus hijos tengan una vida mejor que la suya. El lugar donde aprenderán en vez de estar solos mientras ellos trabajan.

Antes, cuando me hablaban de “escuela”, pensaba en lo que todo el mundo piensa en nuestro mundo. “Qué cara… Qué difícil encontrar plaza… Qué complicado encontrar una buena…” No pensaba en que hay familias en las que la escuela de sus niños es, sencillamente, algo inalcanzable.

Me emociono cuando escucho las historias de Victoria. Cuando me cuenta los nervios de los niños el primer día que estrenaron ropa… Cuando les veo dormir, todos perfectamente alineados… La emoción de las cocineras, que ahora tienen un trabajo estable… El encargo, a una fábrica local, de los uniformes, que ha supuesto una inyección para esta pequeña empresa… El apoyo de la asociación de vecinos, que conoce la importancia de esta escuela… Y me emociona conocer las historias de los niños, aunque a veces, sean, sencillamente demoledoras. Pero me alegra poder poner cara a eso que se puede hacer por alguien.

Sé que hay muchos lugares donde hace falta ayuda. Demasiados. Pero me siento una privilegiada por conocer el rostro de esos niños. Saber que lo que hacemos tiene sentido. Que con un esfuerzo muy pequeño, esos niños tienen una oportunidad.